El Festival Internacional de Cine de Tokio (TIFF) se inauguró el lunes 26 de octubre bajo una lluvia torrencial que cubrió su alfombra roja con una constelación de paraguas transparentes. Esta 39.ª edición llega después de que el evento fuera admitido en marzo en el club cerrado de los llamados festivales de categoría A, junto a Cannes, Venecia, Berlín y Locarno. Los organizadores ahora sitúan al TIFF a la par de Busan, en Corea del Sur, buscando convertirlo no solo en el escaparate del cine japonés, sino también en la principal ventana de lanzamiento de producciones panasiáticas.
Tras los años de la pandemia de Covid-19, el festival se ha reubicado en el exclusivo triángulo de Hibiya, Yurakucho y Ginza, un distrito de negocios y una auténtica porción de ciudad vertical donde se accede a las salas de proyección en ascensor. En el corazón de la zona se encuentra Godzilla Square, dominada por una estatua del icónico monstruo, oportunamente devuelto al foco de atención por una proyección especial del taquillazo Godzilla Minus Zero unos días antes de su estreno en Japón el 4 de noviembre.
Desde abril, el festival también cuenta con un nuevo director, Takeo Hisamatsu, una figura de la industria con experiencia previa al frente de Shochiku y de la filial japonesa de Warner Bros. En TIFFCOM, el mercado vinculado al festival, numerosos distribuidores y editores franceses volvieron a estar presentes este año, siendo Francia conocida como un mercado particularmente interesado en las producciones locales.
La programación reflejó las diferentes facetas de la producción cinematográfica japonesa, con varios temas recurrentes, entre ellos la crisis del modelo familiar y la dificultad de relacionarse con los demás.
El evento exhibe así tanto ambiciones culturales como financieras, combinando su nuevo estatus de categoría A y su papel de lanzamiento panasiático con un mercado que sigue atrayendo a distribuidores internacionales, incluidos los de Francia.
Fuentes: Le Monde Culture.