El nuevo álbum de Hudson Freeman, Doom Country, sigue un viaje imaginario por una Estados Unidos al final del mundo. Su paisaje incluye una carretera interestatal que pasa junto a molinos de viento de Oklahoma, parques de atracciones desiertos y la inquietante insinuación de que el Rapto ya ha llegado o ya ha pasado. Freeman recurre a ese escenario para volver a las ideas apocalípticas con las que creció como hijo de misioneros evangélicos en Texas.
En una entrevista con Consequence, Freeman dijo que el disco era una forma de desarmar el miedo infantil que sentía al Rapto. En lugar de tratar el fin de los tiempos como una profecía solemne, quiso imaginarlo con un matiz de humor oscuro. Ese enfoque aparece en «Fell Ass Backwards», cuyo título y estribillo convierten la idea del ascenso del Rapto en una caída de vuelta a la tierra.
El álbum se nutre del folk y la música americana, pero Freeman se resiste a pulir demasiado el sonido o a hacerlo tranquilizador. Dijo que le incomodan las tendencias más empalagosas del folk y que le interesa introducir fealdad en la música. La disonancia aparece en la producción, las armonías y las letras, incluido el cambio culminante de «Western» y las armonías tensas de «I-40».
Freeman describió su relación cambiante con la espiritualidad y su crianza como contradictoria. En Doom Country, esa tensión alimenta una visión de la belleza como algo desordenado y marcado por la aspereza, en lugar de algo limpio o sencillo.
Fuentes: Consequence.
