En “Ana, en Passant”, de Fernanda Salgado, una joven viaja de París a Belo Horizonte en busca de recuerdos familiares y de una comprensión más clara de su propia identidad. La película brasileña, coproducida con Portugal y Francia, llega a los cines el jueves y recurre a la animación y al jazz para explorar el duelo, la ascendencia y el sentido de pertenencia.

La historia sigue a Ana, una joven francobrasileña negra que fue criada por su abuela tras la muerte de su madre. Después de otra pérdida en la familia, encuentra una caja de recuerdos y viaja a Belo Horizonte durante el Carnaval. El título de la película alude a la idea de estar «de paso», mientras Ana intenta entender de dónde viene y, al mismo tiempo, se siente desconectada de sí misma.

Salgado combina animación con fotografías, trozos de papel y recibos para crear una colección de recuerdos, a modo de álbum, pertenecientes a Ana, su madre y su abuela. La película tardó casi una década en realizarse e incorpora los archivos personales de la directora, incluidas fotografías y la voz de una niña que se oye al comienzo. Está dedicada a Olívia, la hija de nueve años de Salgado.

En Belo Horizonte, Ana visita el antiguo apartamento de su abuela y conoce a Alice, su actual residente, interpretada por Jéssica Pierina, quien también da vida a Ana. Las dos mujeres tienen personalidades y circunstancias distintas, pero se sienten atraídas la una por la otra. Ana está de duelo por su abuela, que también se llamaba Alice, mientras que la otra Alice afronta un embarazo difícil que requiere aislamiento. Pierina describe su vínculo como algo arraigado en experiencias compartidas de duelo y transformación.

Mientras Ana recorre los pasos de su abuela por lugares de Belo Horizonte recreados para la película, como la plaza Raul Soares, el viaducto de Santa Tereza y la calle Sapucaí, los recuerdos la ayudan a reconstruir la historia de su familia. Zezé Motta interpreta a la abuela, cuya presencia guía a Ana a través de evocaciones y enseñanzas sobre aferrarse a la propia identidad y a los orígenes.

Carlos Francisco interpreta a André, un cartero que ayuda a Ana a acceder a aspectos del pasado de su abuela que ella nunca había conocido. Describe al personaje como un «provocador de recuerdos» que sirve de enlace con historias que Ana no podría descubrir por su cuenta. Los recuerdos, inicialmente abstractos, se vuelven más concretos gracias a hallazgos como el jardín de la bisabuela, fotografías de la infancia de su madre y cartas sin leer.

Salgado dice que quería que la película creara un espacio para ella y para otras mujeres. En lugar de limitar las historias negras a relatos de denuncia, busca aportar poesía y sutileza a la vida cotidiana. Motta también describe la película como una celebración de la imaginación y sostiene que las historias negras no abarcan solo el dolor, sino también el amor, los sueños y la fantasía.

Fuentes: Folha Ilustrada.